Lago Titicaca, Quito, 1534.
"La poesía le escribimos los perdedores", pensó Pedro Alcazar "y es una forma de desenvainar palabras para batirte en duelo con la pena y la melancolía. Es como echar cuentas con la vida, tanto me dio, tanto me debe. Son las arrugas del alma, cada marca en la cara de un hombre cuenta algo de él, y los poemas son las arrugas de la piel que recubre el alma de cualquier perdedor. Muchas heridas sin cerrar sangran sonetos en algún papel".
Pedro dejó escapar alguna que otra lágrima mientras recordaba a Azaak. Pedro se dió cuenta que la soledad tenía labios de mujer.
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