Nadie sabe a ciencia cierta si todo lo que proclamaba esa desdichada en el potro de la tortura era verdad, fruto de alguna enfermedad, o simplemente una invención lo suficientemente poderosa y rotunda como para que dejaran de una vez de someterla a tanto sufrimiento.
-Sentenció Juanillo- el caso es que lo que confesó a continuación entre alaridos de dolor, hizo que todos los presentes enmudeciéramos de terror y por qué no, más de uno fantaseó con haber podido verlo o incluso participar de ello, que de todo hay en la viña del Señor. Rebeca, que así se llamaba la judía, contó con pelos y señales como su demonio la guió entre sueños a un bosque a las afueras de Toledo. Era una noche de luna llena y multitud de estrellas brillaban tanto que parecían querer asomarse desde el cielo para no perderse detalle de tan oscuro espectáculo: una misa negra, una orgía en la que los cuerpos se entrelazaban dándose placer. Un aquelarre en el que todo valía… Y presidiéndolo: Él. El Príncipe de la Dulce Pena.
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