Al terminar la carta, Azaak se sumió en una profunda tristeza. Ella también tenía un amor, Pedro de Alcázar, aquél intrépido cocinero que tanto le había enseñado. ¿Dónde estaría? -pensó-. Los verdes ojos de Sara tenían un brillo especial, y un esbozo de sonrisa asomó en aquel blanco rostro…
- ¿Para ti qué es el amor, Azaak? -preguntó la judía-.
- El amor no se puede definir, todo lo importante de esta vida, sí lo defines lo haces pequeño; El amor al igual que la libertad hay que sentirlo. Es como el sexo, hablar de el es estimulante, pero practicarlo es totalmente distinto.
- He notado que aquí, al sexo, la Iglesia lo ve como algo sucio.
- Sí Azaak, pero es algo que debo explicarte. De puertas para adentro todos los miembros de la Iglesia, se entregan a sus fantasías carnales. Como ya le dije yo soy bisexual Azaak, creo que mi sexualidad es libre y madura, pero eso aquí es algo así como una monstruosidad. Una de mis amantes fue obligada a delatar nuestros encuentros amorosos al Santo Oficio y por eso estoy aquí confinada…
- ¿Te interrogaron sobre ello? -preguntó interesada Azaak-.
- Con toda suerte de detalles. -Sara miraba fijamente al vacío, mientras recordaba los gritos, insultos y torturas…-
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