Aquella noche Azaak no consiguió conciliar el sueño. Las imágenes de toda su vida se agolpaban a codazos en su mente. Algo muy dentro de su ser le decía que había llegado la hora.
El inquisidor Honorio, un dominico cobarde, mentiroso y acostumbrado a amontonar riquezas a costa del trabajo de los demás, mesaba su perilla pelirroja. A su lado su secretario José -o Pepe, como gustaba de llamarle su amo y superior- tomaba notas mientras asistía al interrogatorio al que sometía a Azaak.
Azaak, mientras era torturada con uno de los instrumentos más crueles jamás ideados, no dejó escapar ni grito alguno, ni súplica ninguna. Miraba fríamente al tribunal que la acusaba de herejía y brujería. La pera vaginal -que así llamaban a ese cruel artefacto- consistía en un instrumento metálico con forma de pera, que una vez introducido en la vagina de la penitente se abría dentro del cuerpo de la misma produciéndola enormes dolores. Al retirar dicho instrumento -todavía abierto- producía tales desgarros en la vagina que muy pocas sobrevivían a aquel tormento. Tanto el padre Honorio como su perro faldero Pepe disfrutaban de aquella escena. Juanillo lloraba, e intentaba apaciguar tanto dolor acariciando sin ser visto el cuello de Azaak.
-Lo siento mucho- le susurró a Azaak en un momento en que las miradas de los inquisidores se desviaron hacia un charco de sangre que se había formado a los pies de Azaak.
- ¡¡Silencio verdugo!! -La mirada del inquisidor taladró a Juanillo- ¿Sigues afirmando que el verdadero Dios es mujer, y se llama Gaia?
-preguntó- ¿Y todavía te atreves a mantener que tú eres su representación en la Tierra?
Azaak hizo un esfuerzo sobrehumano por hablar...
- Vosotros sois los que tendréis el castigo más severo que jamás tuvo persona alguna -dictó Azaak-. Vosotros creéis en un Dios malvado, justiciero, creéis que todas las personas que no piensan como vosotros son dignos de ser asesinados. ¿Y vosotros os llamáis civilizados? ¿Con qué derecho colonizáis pueblos que al menos respetan a su madre, La Pachamama? Vosotros hacéis sacrificios humanos más crueles que aquellos a los que llamáis salvajes. Lo hacéis por odio, por venganza, por incultura. Yo no creo en un Dios así.
- ¿Y en qué crees tú? -inquirió el Padre Honorio acercando su boca a la de Azaak-.
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